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Cultura y Arte 6 min read 3h ago

El arte moderno, arma secreta de la CIA

  • La CIA financió desde 1950 el Congress for Cultural Freedom, una red con oficinas en 35 países que promovía el arte y la cultura occidentales como contrapeso a la propaganda
  • El MoMA actuó durante décadas como brazo cultural del gobierno estadounidense: ejecutó 38 contratos durante la Segunda Guerra Mundial y gestionó el Pabellón de EE.UU. en la Bienal
  • La exposición estatal Advancing American Art fue retirada en 1947 tras la oposición del Congreso y el propio presidente Truman, lo que impulsó a la CIA a asumir el mecenazgo
El arte moderno, arma secreta de la CIA
El arte moderno, arma secreta de la CIA

Durante las décadas más tensas de la Guerra Fría, el gobierno de Estados Unidos convirtió el arte moderno en un instrumento de política exterior, con la CIA como uno de sus principales financiadores ocultos. Lo que en apariencia eran exposiciones de pintura y festivales culturales era, en parte, una operación diseñada para demostrar al mundo —y en particular a los intelectuales europeos— que la libertad creativa florecía en Occidente mientras se asfixiaba bajo el totalitarismo soviético.

El Museo de Arte Moderno como palanca diplomática

El vínculo entre el MoMA y el aparato estatal estadounidense precede incluso a la guerra de Corea. Nelson Rockefeller, presidente del museo, fue designado en 1940 Coordinador de Asuntos Interamericanos por la administración Roosevelt, y luego Subsecretario de Estado para América Latina. Bajo su gestión, el MoMA ejecutó 38 contratos gubernamentales durante la Segunda Guerra Mundial y montó 19 exposiciones de pintura contemporánea estadounidense a lo largo de América Latina. La frontera entre institución cultural y agencia diplomática era, en la práctica, inexistente.

Thomas W. Braden, quien había sido secretario ejecutivo del MoMA entre 1948 y 1949, ingresó a la CIA en 1950 para supervisar sus actividades culturales. En un artículo de 1967 publicado en el Saturday Evening Post bajo el título "Estoy contento de que la CIA sea 'inmoral'", Braden afirmó que el arte estadounidense "ganó más reconocimiento para Estados Unidos que lo que John Foster Dulles o Dwight D. Eisenhower habrían podido comprar con cien discursos."

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La operación que el Congreso no podía aprobar

En 1946, el Departamento de Estado gastó 49.000 dólares en adquirir 79 pinturas de artistas modernos estadounidenses —entre ellos Georgia O'Keeffe y Jacob Lawrence— para una exposición itinerante denominada Advancing American Art. La muestra recibió críticas positivas en Europa y América Latina, pero fue retirada en 1947 tras una ola de indignación interna: la revista Look cuestionó por qué los contribuyentes financiaban obras que desconcertaban al ciudadano común, y el presidente Harry Truman, al ver el cuadro Circus Girl Resting de Yasuo Kuniyoshi, declaró: "Si esto es arte, soy un hotentote." Truman, según los registros, consideraba el arte moderno "los vapores de gente perezosa a medio cocer."

Representantes republicanos en el Congreso, como John Taber de Nueva York y Fred Busbey de Illinois, alegaron que algunos artistas albergaban simpatías comunistas o participaban en "actividades antiestadounidenses." Ante la imposibilidad política de financiar estas iniciativas con fondos públicos, la CIA se convirtió en el mecenas silencioso.

El Congreso por la Libertad Cultural y la batalla por la mente europea

En 1950, la Agencia creó el Congress for Cultural Freedom (CCF), con sede en París, ciudad que Braden consideraba la capital de la vida intelectual europea y, por tanto, el terreno estratégico donde librar lo que él mismo llamó "la batalla por la mente de Picasso" mediante el arte de Jackson Pollock. Aunque el CCF se presentaba como una asociación autónoma de artistas, músicos y escritores, era en realidad un proyecto financiado por la CIA para, según los propios documentos, "propagar las virtudes de la cultura democrática occidental."

En su momento de mayor expansión, el CCF contaba con oficinas en 35 países, empleaba decenas de personas, publicaba más de 20 revistas de prestigio, organizaba exposiciones y conferencias internacionales, y otorgaba premios a músicos y artistas. Entre sus proyectos, la Agencia financió la Partisan Review, la publicación de referencia de la izquierda no comunista estadounidense, cuyo editor era el crítico de arte Clement Greenberg, el más influyente defensor del expresionismo abstracto en la posguerra.

En 1952, el CCF colaboró con el MoMA para montar en París el festival Masterpieces of the Twentieth Century, con obras de la colección del museo. El curador James Johnson Sweeney cuidó de señalar expresamente que las obras exhibidas "no podrían haber sido creadas por regímenes totalitarios como la Alemania nazi o la Rusia soviética actual." En 1954, el MoMA asumió formalmente la gestión del Pabellón de Estados Unidos en la Bienal de Venecia —el único pabellón de propiedad privada en el certamen— para que Washington pudiera continuar exhibiendo arte moderno en el extranjero sin recurrir a fondos públicos.

Libertad real, propaganda real

La paradoja que subyace a toda esta operación fue señalada con precisión por sus propios artífices: el arte moderno funcionó como propaganda precisamente porque no lo era en sentido estricto. El presidente Truman despreciaba las pinturas que su gobierno promovía en el exterior, y el Congreso se negaba a financiarlas. Era esa misma hostilidad interna —la prueba de que ningún Estado podía dictar el gusto artístico— lo que convertía al expresionismo abstracto en un argumento irrefutable frente al realismo socialista soviético. Nelson Rockefeller lo resumió con una frase que circuló ampliamente: "Pintura de libre empresa." La hegemonía cultural de Estados Unidos se construyó, en parte, sobre lienzos que su propio presidente consideraba ininteligibles.

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