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Cultura y Arte 5 min read 5h ago

Naufragios y fascinación: de Turner a Nolan, el mar eterno

  • El naufragio fue el accidente emblemático del siglo XIX romántico y continúa siendo una metáfora cultural omnipresente en cine, literatura y arte contemporáneo.
  • El rodaje de 'La Odisea' de Christopher Nolan reprodujo condiciones extremas en el mar, con escasez de medicación contra el mareo y cámaras IMAX en embarcaciones inestables.
  • El hundimiento del yate 'Bayesian' en 2024, que mató al empresario tecnológico Mike Lynch, ha inspirado reflexiones filosóficas sobre la aleatoriedad y los límites del cálculo
Naufragios y fascinación: de Turner a Nolan, el mar eterno

Cuenta la leyenda que el pintor William Turner —nacido en Londres en 1775 y obsesionado con retratar la furia del mar— se hizo atar al mástil del Ariel durante una tormenta que duró varias horas, experiencia que transformó en su célebre cuadro Snow Storm (1842). Los historiadores del arte, entre ellos James Hall, desmienten esa anécdota; sin embargo, resuena con sorprendente actualidad en los relatos que circulan en Instagram sobre el rodaje de La Odisea de Christopher Nolan. En la producción, las pastillas contra el mareo se agotaron durante el rodaje de la escena del naufragio en la isla de Ogigía —donde Calipso, interpretada por Charlize Theron, retiene a Odiseo, encarnado por Matt Damon—, mientras el equipo lidiaba con cámaras IMAX de gran peso montadas sobre embarcaciones inestables, la principal de ellas una réplica de un barco vikingo.

El naufragio como accidente favorito de la modernidad

El naufragio fue, durante el siglo XIX, el accidente predilecto de la modernidad. Immanuel Kant escribió sobre "el océano ilimitado encolerizado" en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764), y ese "sublime marítimo" —cargado de amenaza— impregnó la cultura romántica en novelas como Moby-Dick o los lienzos de Géricault, Vernet, Delacroix y el propio Turner. En aquella época los naufragios no eran solo metáfora: Percy Shelley se ahogó en el mar Tirreno en 1822, y hacia 1850 casi toda familia acomodada británica había perdido a alguien entre las olas. El poeta ruso Alexander Blok celebró el hundimiento del Titanic en 1912 —presentado por la prensa como insumergible— porque demostraba que "a pesar de todo, todavía existe un océano". Tras ese último gran trauma, y con la llegada de los buques de acero, el naufragio perdió su significado prometeico.

La metáfora que no se hunde

Hoy, cuando el cambio climático o la inteligencia artificial plantean amenazas más tangibles, el naufragio reaparece con insistencia en novelas, cine de autor, superproducciones y arte contemporáneo. La historiadora del arte Esperanza Guillén, en su ensayo Naufragios (Siruela, 2004), explica que "el tema del naufragio es tan amplio que se extiende a las más diversas crisis de la experiencia individual o colectiva. El mar, en virtud de su condición líquida, es el mediador entre lo informe y lo formado, entre la vida y la muerte". Por su parte, Hans Blumenberg ya señaló en Naufragio con espectador (1978) que el modelo del viaje marítimo —con su partida, su tormenta, su calma y, fundamentalmente, su naufragio— es una de las metáforas existenciales más persistentes de todas las culturas.

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En el cine, la fascinación no decae. La aventura del Poseidón (1972) y Titanic (1997) rompieron récords de taquilla, y el documental sobre el hundimiento del Costa Concordia en 2012 figuró entre los títulos más vistos de Netflix durante julio de 2026. En el arte, Christoph Büchel llevó a la Bienal de Venecia de 2019 el casco recuperado de la embarcación cuyo hundimiento —el más mortífero registrado en el Mediterráneo— costó la vida a cientos de migrantes frente a Lampedusa en 2015. Su literalidad despojó a la obra de cualquier significado más allá de la protesta.

Cuando la ficción se confunde con la realidad

Algunos artistas han invertido la metáfora de forma involuntaria. El artista y performer Bas Jan Ader intentó cruzar el Atlántico sin experiencia a bordo de un diminuto velero; su barco fue hallado a la deriva entre Irlanda y las Azores en abril de 1976. Durante meses se descartó un accidente real y se esperó que Ader reapareciera ante el público, completando lo que se suponía era una performance que se había convertido en una verdadera desaparición.

Los naufragios reales siguen generando literatura. Sophie Elmirst reconstruye en A Marriage at Sea (Riverhead, 2025) la colisión con un cachalote y el hundimiento del yate en el que los Bailey cruzaban el Pacífico, interesada no en los detalles técnicos de la supervivencia sino en la dimensión psicológica: "Si añades el naufragio, tienes una versión muy extrema de la crisis matrimonial". El filósofo y matemático Javier Moreno, en La belleza del accidente (AKAL, 2025), parte del hundimiento del yate Bayesian frente a Sicilia en agosto de 2024 —que causó la muerte de su propietario, el millonario tecnológico Mike Lynch, y otras seis personas— para advertir que los errores pueden alcanzar incluso a quienes construyeron su fortuna sobre la incertidumbre: Lynch se había enriquecido con empresas de inteligencia artificial que emplean la inferencia bayesiana, técnica probabilística de la que tomaba nombre el barco. La fascinación por los mares de Nolan ya está transformando el turismo en Ítaca, pero el naufragio, antes que metáfora inagotable, sigue siendo ante todo una tragedia demasiado cercana.

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