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Sociedad 4 min read 11h ago

El ocaso del baño público urbano

  • París prohibió la orinación pública en 1850 e instaló los pissoirs, ornamentados urinarios de hierro diseñados exclusivamente para hombres, que se convirtieron también en puntos
  • En Estados Unidos, el movimiento por la temperancia impulsó la construcción de baños públicos como alternativa a los salones de bebidas, pero su proliferación provocó que los
  • Las grandes estaciones sanitarias subterráneas de principios del siglo XX han desaparecido casi por completo en EE.UU., y la privacidad corporal pasó de ser un derecho ciudadano a
El ocaso del baño público urbano
El ocaso del baño público urbano

Hubo un tiempo en que la ciudad le debía a cada transeúnte, sin distinción, un lugar donde hacer sus necesidades. Ese tiempo terminó de manera casi imperceptible, sepultado bajo capas de política sanitaria, moralismo y lógica de mercado. Hoy, en las grandes metrópolis de Estados Unidos y buena parte de Europa, quien busca un baño gratuito en la vía pública raramente lo encuentra.

El pissoir: higiene, ornamento y control

A mediados del siglo XIX, una serie de devastadoras epidemias de cólera llevó a las autoridades de París a reencuadrar la orina callejera como un problema de salud pública, no como una mera molestia. Antes de ese giro, el Estado había recurrido a lo que los propios parisinos denominaban empeche pipi: una arquitectura hostil de pinchos de hierro en las esquinas o sillares diseñados para rebotar el chorro sobre el infractor. La medida, previsiblemente, solo desplazaba el problema.

En 1850, la orinación pública fue prohibida por ley. La ciudad necesitaba una alternativa, y así nació el pissoir —o vespasienne, en versión más refinada—, un urinario público de hierro fundido que con frecuencia lucía flores, conchas, volutas y hasta pequeñas cabezas de leones. Algunos estaban coronados por farolas que los hacían visibles de noche y servían de soporte para publicidad. Los fabricantes de perfumes y vinos, al parecer, no temían la asociación.

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La concesión a la privacidad era, sin embargo, mínima: en la mayoría de los modelos, una mampara de hierro separaba al usuario de la calle. Y los pissoirs estaban pensados exclusivamente para hombres, bajo la premisa de que las mujeres apenas frecuentaban el espacio público. Como señalaron investigadores posteriores, la premisa era también una profecía autocumplida.

Un espacio que se resignificó

Los diseñadores del pissoir no anticiparon uno de sus usos más extendidos: casi de inmediato, aquellos cubículos semiprivados se convirtieron en puntos de encuentro para hombres que buscaban contacto entre sí. El sociólogo Andrew Israel Ross, en su estudio Dirty Desire: The Uses and Misuses of Public Urinals in Nineteenth-Century Paris, describe la tensión que esto generó: "El caso de los urinarios públicos muestra en última instancia que el significado de la vida urbana moderna emergió en un diálogo en constante transformación entre quienes concibieron y construyeron la ciudad y quienes finalmente la habitaron". La represalia fue rápida: la policía comenzó a patrullar los urinarios más frecuentados, y los chantajistas hicieron del solo hecho de entrar a uno un pretexto suficiente para iniciar una campaña de acoso.

La temperancia y el baño como arma política en EE.UU.

Al otro lado del Atlántico, la escasez de instalaciones públicas había producido una consecuencia inesperada: los salones de bebidas alcohólicas funcionaban, de facto, como la red de baños públicos de las grandes ciudades estadounidenses. Quien necesitara orinar debía, casi inevitablemente, pasar bajo la mirada del cantinero. El movimiento por la temperancia convirtió este vínculo en argumento político. Un artículo del Chicago Tribune de 1913, citado por el historiador Peter C. Baldwin en Public Privacy: Restrooms in American Cities, 1869–1932, lo expresaba sin rodeos: "¿Por qué se nos obliga a correr el pasillo junto a la barra de cerveza, al cantinero, y quedar expuestos al escrutinio de ese caballero con delantal blanco, hasta que avergonzados empezamos a gastar dinero en alcohol?"

Los activistas de la temperancia impulsaron la construcción de amplias comfort stations —estaciones de comodidad— subterráneas, con múltiples cabinas. La apuesta tuvo un efecto secundario que nadie había previsto: los locales privados que hasta entonces permitían el uso de sus baños comenzaron a reservarlos para clientes. Si ya existía una alternativa pública, ¿por qué deberían cederla gratuitamente?

El lento vaciamiento del espacio colectivo

Con la Prohibición, la construcción de nuevos baños públicos se redujo a un goteo. Los que ya existían se deterioraron sin mantenimiento. Las grandes estaciones subterráneas de principios del siglo XX han desaparecido casi en su totalidad en Estados Unidos. En su lugar, el peatón urbano depende de hoteles, tiendas, restaurantes y cafeterías: espacios semiprivados donde el acceso al baño es resultado de una negociación tácita con el propietario, mediada por el consumo y, a menudo, por el aspecto del solicitante.

La conclusión que se desprende de esta trayectoria histórica es incómoda: la privacidad corporal, que en algún momento fue un derecho conferido por el Estado al ciudadano, se ha convertido en una mercancía. Un bien que se obtiene comprando un café o reservando una habitación. El debate sobre el derecho al espacio y los servicios urbanos básicos rara vez menciona el baño público, pero su historia ilustra con precisión cómo una función biológica universal puede quedar subordinada a la lógica del mercado.

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