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Medio Ambiente y Clima 6 min read 55m ago

El verano de 2026 pone a prueba Francia

  • El 24 de junio de 2026, Francia registró su temperatura más alta jamás medida, con 43,8°C en tres localidades; al día siguiente, 44 millones de personas estaban bajo alerta roja
  • Los incendios forestales del verano de 2026 superaron a mediados de julio los 35.000 hectáreas —más que toda la temporada anterior—, con Gironda y las Landas sufriendo
  • El 80% del territorio francés quedó bajo restricciones de agua, más de 40.000 personas sufrieron cortes en el grifo y el 15% del parque nuclear fue declarado inoperativo por falta
El verano de 2026 pone a prueba Francia
El verano de 2026 pone a prueba Francia

El domingo 21 de junio de 2026, mientras Francia celebraba la Fiesta de la Música, Météo-France colocó a 35 departamentos bajo vigilancia roja por canicule y a otros 45 en alerta naranja. No era un pico pasajero, advertía el organismo meteorológico: era el comienzo de una situación duradera. Lo que siguió durante los dos meses posteriores combinó temperaturas históricas, incendios calificados como fuera de toda norma y una sequía que algunos ministros describieron como inédita, configurando el verano más extremo que Francia haya registrado en tiempos recientes.

Un calor sin precedentes que paralizó el país

El 24 de junio, tres días después del arranque oficial del verano, Francia vivió su jornada más calurosa jamás medida. Los termómetros llegaron a 43,8°C en Palluau (Vendée), Saintes (Charente-Maritime) y Pissos (Landes), mientras que Nantes marcó 42,2°C y París alcanzó los 40,3°C. Al día siguiente, 72 departamentos y 44 millones de personas quedaron bajo vigilancia roja, con más del 90% de la población expuesta a temperaturas extremas.

Las desigualdades afloraron de inmediato. Nicole Blaise, jubilada de 90 años en Lyon, debió refugiarse en el hotel contiguo a su edificio: "Al levantarme, puse los pies en el suelo y creí que me desmayaba", relató. En Orléans, el matrimonio Milone gastó 900 euros en seis noches de hotel con aire acondicionado, a apenas 300 metros de su apartamento. "Con ventilador no era vivible", reconoció Monique Milone. En Clermont-Ferrand, donde se llegó a 41°C, la policía retiró una piscina portátil instalada por jóvenes del barrio; la grabación del operativo desató una ola de indignación en redes sociales. En París, el alcalde Emmanuel Grégoire autorizó el baño en un tramo del Canal Saint-Martín mientras durara el pico de calor.

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Los hospitales de Île-de-France fueron declarados saturados por el prefecto. El primer ministro Sébastien Lecornu activó el nivel 3 del plan Orsan —el penúltimo de cuatro— para reforzar los efectivos sanitarios, y el gobierno prometió entregar 30.000 equipos de climatización móvil a los centros de salud. En las tiendas no quedaban ventiladores ni aires acondicionados. En el Var, cerca de Quimper y de La Rochelle, transformadores eléctricos reventaron por el calor, dejando a decenas de miles de hogares sin electricidad durante días. La primera ola terminó el 30 de junio; la siguiente comenzó apenas cuatro días después. Como señaló el análisis sobre el récord histórico de días de canicule en Francia, la sucesión de episodios sin tregua marcó una ruptura con todo antecedente previo.

Una temporada de incendios apocalíptica

El 2 de julio, con el terreno seco y el calor sin ceder, Francia comenzó a arder. Un fuego que se reactivó en los macizos del Diois (Drôme) quemó 4.400 hectáreas en pocos días. El 4 de julio, un incendio en los Pyrénées-Orientales recorrió 5.000 hectáreas en 48 horas y redujo a cenizas unas veinte viviendas en Rodès y Ille-sur-Têt, cerca de Perpiñán. El 12 de julio, las llamas alcanzaron los bordes de la autopista A6 en la región parisina y el bosque de Fontainebleau, en Seine-et-Marne, se incendió ante la incredulidad de sus habitantes.

"La temporada empieza pronto y va a durar muchísimo", advirtió Gilles Devantoy, bombero del Val-d'Oise. A mediados de julio, con 35.000 hectáreas ya calcinadas, el director general de la Protección Civil, Julien Marion, señaló que el verano de 2026 había superado "ya de entrada" el total acumulado durante toda la temporada anterior.

Los peores días llegaron a partir del 21 de julio, cuando estallaron de forma simultánea tres incendios gigantescos: uno en Pontèves (Var), otro en Saumos (Gironda) y un tercero en las Landas, entre Biscarrosse y Parentis-en-Born. El fuego varois devoró el macizo del Gros Bessillon durante casi tres semanas. En Gironda, la localidad de Le Porge quedó parcialmente destruida: 183 casas reducidas a escombros y 42.000 hectáreas de pinares arrasadas. En Biscarrosse, 198 viviendas y 3.600 hectáreas desaparecieron bajo las llamas. Hasta 7.000 evacuados fueron alojados en el Palacio de Exposiciones de Burdeos, mientras turistas abandonaban campings y los vecinos describían "zonas de guerra". Alexis, habitante de Le Porge, lo resumió así: "Los bomberos no podían hacer nada. Sus neumáticos reventaban por el calor."

El ministro del Interior reconoció a finales de julio hallarse ante "una situación totalmente inédita". Unos 2.500 bomberos fueron movilizados con apoyo de 18 medios aéreos y 1.500 militares. Bomberos ucranianos, alemanes, portugueses, eslovenos y checos se sumaron a sus colegas franceses. Tres bomberos perdieron la vida, y en agosto los cuerpos de seguridad iniciaron un pulso con el gobierno por sus condiciones laborales. Como documenta el análisis sobre los incendios en Gironda, la devastación forestal de este verano se inscribe en una tendencia de largo plazo ligada al calentamiento global.

Sequía sin precedentes: campos, ríos y embalses al límite

Bajo los incendios subyacía una sequía que se extendía por todo el hexágono. El 80% del territorio quedó sometido a restricciones de uso del agua. El 11 de agosto, EDF anunció que más del 15% del parque nuclear francés estaba inoperativo por falta de agua para refrigerar los reactores. Al día siguiente, la ministra de Transición Ecológica, Monique Barbut, alertó de que más de 40.000 personas sufrían cortes de agua potable en el grifo, y afirmó que la situación era más grave que la del verano de 2022, ya catalogado como histórico.

El lago de Vassivière (Creuse) perdía diez centímetros de nivel al día; para sostener el caudal mínimo fue necesario extraer más de cinco millones de metros cúbicos, un cuarto de su reserva total. El lago de Chaillexon, en el Doubs, se secó por completo a principios de agosto. En Estrasburgo, el nivel excepcionalmente bajo del Rin llevó el tráfico fluvial casi a la parálisis: una sola barcaza transitaba por semana, frente a las veinte habituales. Las vendimias comenzaron con un mes de adelanto en todo el país, y el portavoz de la Confédération paysanne, Thomas Gibert, habló de caídas de rendimientos "históricas" en todos los sectores agrícolas. La sequía no era un fenómeno exclusivamente francés: el balance europeo del verano de 2026 refleja cómo la falta de precipitaciones alteró la navegación fluvial, la producción eléctrica y los ecosistemas en todo el continente.

Al concluir agosto, el saldo del verano de 2026 dibujaba un escenario que las propias autoridades calificaban de inédito: récords de temperatura absolutos, una temporada de incendios que duplicó con creces los registros previos y una crisis hídrica que alcanzó desde las costas del Mediterráneo hasta las dunas del Paso de Calais. La pregunta que quedaba sin respuesta era cuánto de este verano debía considerarse una anomalía y cuánto, el nuevo horizonte normal.

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